Dueña de mis días.
Ahora que no estás, me siento tan pequeño. Vienen a visitarme mis demonios para llevarme, sin remedio, a vivir la pesadilla de no poder volver a rozar tu pelo. Ando solo por las calles, con la ilusión de aunque sea verte a lo lejos. Lloraría, pero contemplaría el regalo más grande que llegó en otoño a la puerta de mi vida. Por eso recorro los mismos lugares, donde siendo uno, desprendíamos luz y fuerza incomparables. Allí nada importaba, el amor abarcaba todo y se hacía dueño del tiempo. Incluso una simple mirada y unas pocas palabras, nos transportaban por un instante al futuro. A los frutos que daría este amor. Escogíamos sus nombres, a quién se parecerían, coincidiendo en que, siendo nuestros, no habría nada más hermoso. Pintábamos cada trozo de nuestra vida, hasta el punto de tener preparado el gris de nuestras canas. Quizás no estábamos seguros de nada en esta vida, pero si de cómo y con quién queríamos pasar el resto de ella. Posdata: a mi al...