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Polvo de estrellas.

¿Cómo iba a saber que esos eran los últimos besos que me dabas? Sin letrero final, Sin punto final, ¿Cómo iba a saber que no volvería a enlazar tu mano con la mía? Ese perfecto puzle de dos piezas. ¿Cómo? Si cuando yo soñaba con tocar la siguiente estrella, tú ya habías aterrizado en otro planeta. Quizás ese fue siempre el problema, yo con tantas ganas de volar y tu con pies en la tierra. Al final fuimos polvo de estrellas.

Vida para vivir

Conozco muchas formas de ser feliz y ninguna se compara a verte sonreír. Que la felicidad está en uno mismo, pero que bonito es compartirla. Es pura magia, llenar de besos los sitios que haremos nuestros. Aquellos donde detuvimos el tiempo, ese que a la vez corre como si perdiese un tren. Pero no me importa perder todos los trenes, viajamos en el mismo. Habrá paradas que nos pongan a prueba y las recordaremos, necesarias o innecesarias, seguiremos; creceremos y aprenderemos. Ya sabemos que no todo son rosas, que lo bonito es tener un hombro  donde quedarse a vivir. Vivir una vida sin filtros, una vida nuestra, sin etiquetas. Donde soñar esté permitido  y sea obligado esos sueños cumplir. Que la duda la borren todos los fotogramas que nos han hecho felices, que nos han sacado del fondo, pues llorar solo es posible para empezar a reír. Vamos, dame la mano, te prometo ser libre, entregarte lo mejor de mi, y si quieres me entregas lo mejor de ti. ...

•Ámbar•

Imagen
Perdido en atardeceres de fuego, mi pupila reflejando algo tan bello. Otro día que se escapa, otra vez vuelve  el miedo, ese de saber que la vida corre, nunca se detiene el minutero. ¿Cuál será mi último instante? ¿Puede ser este mi último parpadeo? Efímeros cuerpos, pequeñas cárceles donde no caben tantos sueños. Demasiada vida y tan poco tiempo. Demasiadas ganas y siempre sediento. Quiero conocer montañas, sentir el mar entre mis dedos. Perseguir al sol por el mundo entero. Emborracharme de amor y pasión con la luna de testigo y sus profundos ojos. Prendidos por ver cómo me sonrojo al rozar mi piel, sus labios rojos. Perderme, una, dos y mil veces, y encontrarme de nuevo. Con más experiencia, con cicatrices, pero ahora sí, más vivo, entero.

Cambio de estación.

Ahora que ha pasado el tiempo, que los nubarrones grises empiezan a irse. Empiezo a darme cuenta de que tantas lágrimas, noches de insomnio, luchas sinsentido, no merecían la pena. Tú, con tus actos diarios, dejaste de merecerla; cuando decidiste dejar de formar parte de mi alegría. Así que no pienses que te debo nada, no después de dejarme abierto y vacío. Quizás, fue lo mejor. Con el tiempo llegará quien encuentre la puerta abierta y vuelva a hacer hogar,  volvamos a hacer poesía entre latidos, devuelva el calor a unas sábanas frías. Mientras tanto, sigo; sigo haciéndome gigante, recordando que amar, no es poseer. Y que a veces, libertad conlleva dar la mano a la soledad; soledad que presta un espejo sincero. Por eso, ahora sé lo que quiero, por eso, después de tanto tiempo, sé que me quiero. Que por mucho que me culpaste de todos los males,  el mal no era yo, y quizás tampoco tú, pero si tu extraña forma de querer. De pensar que amar, siempre...

Reminiscencia.

Recuerdo los parques, las calles, los sueños. Recuerdo tu pelo entrelazándose entre mis dedos. Los te quiero, sin pronunciar una sola palabra, sonrisas, el lenguaje de las miradas. Almas haciéndose el amor entre la melodía de su respiración. Sentir un cosquilleo en lo más hondo del pecho, trepando hasta conseguir alcanzar la cima de nuestras mejillas, coronando en los labios con un beso. Recuerdo los llantos, las risas, los botones desabrochados de tantas camisas. El carmín de tus labios con mi pecho de lienzo, dibujando la batalla más épica de todos los tiempos. Dos locos que detenían el reloj, que vivían el momento, su momento. A veces recuerdo y vuelvo a recordar que solo son recuerdos.

Dueña de mis días.

Ahora que no estás, me siento tan pequeño. Vienen a visitarme mis demonios para llevarme, sin remedio, a vivir la pesadilla de no poder volver a rozar tu pelo. Ando solo por las calles, con la ilusión de aunque sea verte a lo lejos. Lloraría, pero contemplaría el regalo más grande que llegó en otoño a la puerta de mi vida. Por eso recorro los mismos lugares, donde siendo uno, desprendíamos luz y fuerza incomparables. Allí nada importaba, el amor abarcaba todo y se hacía dueño del tiempo. Incluso una simple mirada y unas pocas palabras, nos transportaban por un instante al futuro. A los frutos que daría este amor. Escogíamos sus nombres, a quién se parecerían, coincidiendo en que, siendo nuestros, no habría nada más hermoso. Pintábamos cada trozo de nuestra vida, hasta el punto de tener preparado el gris de nuestras canas. Quizás no estábamos seguros de nada en esta vida, pero si de cómo y con quién queríamos pasar el resto de ella. Posdata: a mi al...

Alma de poeta.

El poeta llora lágrimas de tinta azul, derramándolas en una fina capa de celulosa. Un mero rectángulo, en el que confluyen sentimientos desordenados, escondidos en el fondo del alma. Brotan como un manantial, atraídos por una extraña luz; que transmite la página. Una luz que solo el poeta puede vislumbrar. Digamos, que es la llave del alma. Un tanto caprichosa, pues no se abre con cualquiera, ni cuando quieras. Sino, cuando quiere robarte ese poema, que cuando otros lo lean, logren sentir. Sentir cada letra, cada coma, cada punto. La felicidad y cada lágrima derramada. Con el punto final,  el papel habrá conseguido su objetivo, y este escritor habrá abrazado a un alma más